El instinto del lenguaje

Fragmentos del libro El instinto del lenguaje del psicólogo e investigador Pinker.

Capítulo 1

EL INSTINTO PARA ADQUIRIR UN ARTE

     Mientras usted lee estas palabras, está tomando parte en una de las maravillas del mundo natural. Usted y yo pertenecemos a una especie dotada de una admirable capacidad, la de formar ideas en el cerebro de los demás con exquisita precisión. Y no me refiero con ello a la telepatía, el control mental o las demás obsesiones de las ciencias ocultas. Incluso para los creyentes más convencidos, estos instrumentos de comunicación son burdos en comparación con una capacidad que todos poseemos. Esa capacidad es el lenguaje. Con sólo hacer unos ruiditos con la boca, conseguimos que en la mente de otra persona surjan nuevas combinaciones de ideas. Esta capacidad nos resulta tan natural que tendemos a pasar por alto lo asombrosa que es. Así que permítame que haga unas sencillas demostraciones. Si le pido que por un momento deje que mis palabras guíen su imaginación, puedo hacer que tenga usted unos pensamientos muy concretos:

Cuando un pulpo macho divisa a un pulpo hembra, su cuerpo, que normalmente es de un tono grisáceo, se vuelve rayado. Nada por encima de la hembra y empieza a acariciarla con siete de sus tentáculos. Si ella lo permite, el macho se acerca rápidamente e introduce su octavo tentáculo en’su tubo respiratorio. Una serie de paquetes de esperma se deslizan lentamente de una ranura de su tentáculo para depositarse en la cavidad del manto de la hembra.

¿Su traje blanco se ha manchado con cerezas? ¿El vino se ha derramado sobre el mantel? Aplique inmediatamente agua de soda. Va de maravilla para quitar las manchas de los tejidos.

      Ahora veamos el efecto que han tenido en usted estas palabras. No sólo han servido para recordarle a los pulpos. En el improbable supuesto de que llegue a ver a alguno volviéndose rayado, usted sabrá lo que sucederá a continuación. Quizá la próxima vez que esté en un supermercado busque usted entre los miles de artículos disponibles una botella de agua de soda, para después, dejarla guardada’ durante meses hasta que cierta sustancia y cierto objeto entren en contacto accidentalmente. Bien es cierto que estas demostraciones dependen de su capacidad de leer y escribir, lo que hace que nuestra comunicación sea aún más impresionante, pues incluso es capaz de salvar los obstáculos del espacio, el tiempo y nuestro mutuo desconocimiento. Sin embargo, la escritura es sólo un accesorio opcional. El verdadero motor de la comunicación verbal es el lenguaje hablado que adquirimos de niños.

    En cualquier historia natural de la especie humana el lenguaje se destaca como rasgo prominente. Con toda seguridad, un ser humano aislado es una impresionante obra de ingeniería y una máquina de resolver problemas. No obstante, una raza de Robinson Crusoes no llamaría demasiado la atención a un observador extraterrestre. Lo verdaderamente notable de la condición humana se refleja, mejor en la historia de la Torre de Babel, en la que la humanidad, con el don de una única lengua, se aproximó tanto a los poderes divinos que. Dios se sintió amenazado. Una lengua común conecta a los miembros de una comunidad con una red de información compartida con unos formidables poderes colectivos. Cualquiera se puede beneficiar de los toques de genialidad, los golpes de fortuna o el saber espontáneo de cualquier otra persona, viva o muerta, Además, las personas pueden trabajar en equipo, coordinando sus esfuerzos mediante acuerdos negociados (…).

       El lenguaje se halla tan íntimamente entrelazado con la experiencia humana que apenas es posible imaginar la vida sin él. Si uno se encuentra a dos o más personas juntas en cualquier rincón de la tierra, lo más probable es que estén conversando. Cuando uno no tiene con quien hablar, se pone a hablar consigo mismo, con su perro o incluso con sus plantas. En nuestras relaciones sociales no se admira la rapidez, sino la labia: el orador que-nos hechiza con sus palabras, el seductor que nos conquista con su verbo, o el niño persuasivo que convence a su testarudo padre. La afasia, la pérdida del lenguaje a consecuencia de un daño cerebral, es un mal devastador, y en casos muy severos de esta enfermedad, la familia del afectado llega a sentir que lo han perdido para siempre.

       Cualquier persona con educación tiene opiniones formadas acerca del lenguaje. Sabe que es la invención cultural más importante que ha hecho el hombre, el ejemplo paradigmático de su capacidad de empLa^ssímbolos y un hito biológico sin precedentes que le separa iTrevocaWemente de otros animales. También sabe que e! lenguaje moldea el pensamiento y que las diversas lenguas hacetl que sus hablan-, tes se formen conceptos distintos de la realidad. Asimismo es consciente de que los niños aprenden á hablar a base de imitar a los adultos que les rodean. Sabe que antiguamente pe fomentaba en la escuela el uso de gramáticas más sofisticadas, pero que unos sistemas educativos cada vez más raquíticos, unidos a las aberraciones de la cultura popular, han llevado a un preocupante empobrecimiento de la capacidad del ciudadano medio de construir correctamente las frases de su idioma. Cualquiera que haya estudiado inglés sabe que es una lengua caprichosa y contraria a la lógica, en la que el singular de los verbos lleva «s» y en cambio el plural no (compárese «he walks» —él anda— con «they walk» —ellos andan—) (…)
      En las páginas que siguen, voy a intentar convencer al lector de que todas y cada una de éstas típicas opiniones son incorrectas. Y todo por una sencilla razón. El lenguaje no es un artefacto cultural que se aprende de la misma forma que se aprende a leer la hora o a rellenar un casillero. Antes bien, el lenguaje es una pieza singular de la maquinaria biológica de nuestro cerebro. El lenguaje es una habilidad compleja y especializada que se desarrolla de forma espontánea en el niño, sin esfuerzo, consciente o instrucción formal, se despliega sin que tengamos conciencia de la lógica que subyace a él, es cualitativamente igual en todos, los individuos, y es  muy distinto de las habilidades más generales que tenemos de tratar información o comportarnos de forma inteligente. Por estos motivos, algunos científicos cognitivos han definido el lenguaje como una facultad psicológica, un órgano mental, un sistema neuronal y un módulo computacional. Sin embargo, yo prefiero un término más pintoresco  como «instinto», ya que esta palabra transmite la idea de que las personas saben hablar en el mismo sentido en que las arañas saben tejer sus telas. Tejer una tela no es el invento de una araña anónima y genial, ni depende de si la araña ha recibido o no una educación apropiada o posee una mayor aptitud para actividades espaciales o constructivas. Las arañas tejen sus telas porque tienen cerebro de araña, y eso les impulsa a tejer y les permite hacerlo bien. Aunque hay diferencias entre las telarañas y las palabras, quisiera que el lenguaje pudiera verse de esta manera, ya que así entenderemos mejor los fenómenos que vamos a examinar.
         La concepción del lenguaje como un instinto contradice a la sabiduría popular transmitida durante siglos como axioma de las humanidades y las ciencias sociales. El lenguaje no es más invención cultural que la postura erecta. Tampoco es manifestación de la capacidad general de usar símbolos; como veremos, un niño de tres años es un genio en materia de gramática, y, sin embargo, bastante incompetente en las artes visuales, la iconografía religiosa, las señales de tráfico y  otros típicos ejemplos. Aunque el lenguaje es una grandiosa capacidad exclusiva del homo sapiens de entre todas las especies, no por ello debe apartar el estudio de lo humano del dominio de la biología, ya que cualquier grandiosa capacidad exclusiva de una especie viviente no es algo único en el reino animal. Algunas variedades de murciélagos atrapan insectos en vuelo usando un sonar Doppler. Algunas clases de aves migratorias se orientan en sus vuelos de miles de kilómetros calibrando la posición de las constelaciones según el momento del día y la época del año.
        En el teatro de la naturaleza no somos más que una especie de primates con su propio espectáculo, que consiste en la habilidad de comunicar información sobre quién hizo qué a quién a base de modular los sonidos que producimos al exhalar el aire.

 

Capítulo 2

CHARLATANES

       (…) Nuestro camino empieza con la pregunta de cómo surgieron las lenguas particulares que hay en el mundo. Cabe pensar que en este terreno la lingüística se ha de topar con el problema de cualquier ciencia histórica, a saber, la ausencia de registros de hechos relevantes efectuados en el momento mismo en que acontecieran. Aunque los historiadores de las lenguas pueden remontarse a lenguas antiguas en su intento de hallar el origen de las complejas lenguas actuales, esto no hace sino desplazar el problema unos pasos más allá. Hace falta averiguar cómo una sociedad crea una lengua a partir de la nada. Y por sorprendente que nos pueda parecer, eso es posible.

        Las primeras pruebas proceden de dos de los episodios más lamentables de la historia de la humanidad, el tráfico de esclavos a través del Atlántico y las migraciones de mano de obra barata hacia el Pacífico Sur.  Advertidos tal vez por el episodio de la Torre de Babel, algunos terratenientes propietarios de plantaciones de tabaco, algodón, café y azúcar decidieron mezclar deliberadamente esclavos y trabajadores de diferente procedencia lingüística. Otros preferían trabajadores de las mismas etnias pero tuvieron que conformarse con las mezclas porque no había otra cosa que elegir. Cuando hablantes de diferentes lenguas tienen que comunicarse entre sí para llevar a cabo tareas en común y no disponen de la oportunidad de aprender las lenguas de los demás, desarrollan una jerga (inventada por ellos mismos) que se denomina “dialecto macarrónico”. Los dialectos macarrónicos son cadenas inconexas de palabras que se tomaban prestabas del idioma de los colonizadores o de los dueños  de las plantaciones, con una enorme variabilidad en el orden de palabras y una exigua gramática.  

         Sin embargo, el lingüista Derek Bickerton ha reunido pruebas que indican que en muchos casos un dialecto macarrónico puede transformarse en una lengua completa y compleja de un solo golpe: basta con que se exponga al grupo de niños al dialecto a la edad a la que se adquiere la lengua materna. Eso es lo que sucedió  cuando esos niños fueron separados de sus padres y criados todos juntos por un trabajador que les hablaba en el dialecto macarrónico del lugar. No contentos con reproducir las cadenas entrecortadas de palabras que escuchaban, los niños les añadieron la complejidad gramatical de la que carecían, lo que originó una lengua de nuevo cuño con gran poder expresivo. La lengua  que resulta cuando los niños hacen de un dialecto macarrónico su propia  lengua materna se denomina’ “lengua criolla”. 

 En primer lugar, debemos deshacernos de la falsa creencia de que los
 padres enseñan a hablar a sus hijos. Naturalmente, nadie cree que los padres den lecciones explícitas de gramática a sus hijos, pero muchos padres (y con ellos algunos psicólogos infantiles que deberían estar mejor informados) creen que proporcionan una enseñanza implícita a los niños. Esta enseñanza adopta la forma de una variedad especial de habla: un curso intensivo de intercambios conversacionales con unos ejercicios repetitivos y una gramática simplificada («¡Mira al perrito\ ¿No ves al perrito? ¡Esto es un perrito») que se llama «maternés»

      Si examinamos las teorías populares en otras sociedades, podremos adoptar una perspectiva cultural más amplia. Los Kung San, un pueblo que habita en el desierto de Kalahari en África, creen que se debe enseñar a los niños a sentarse, ponerse de pie y caminar. Acostumbran a apilar montones de arena en torno a sus bebés para ayudarles a mantenerse erguidos y, como es lógico, éstos aprenden muy pronto a sentarse solos. Esta práctica seguramente nos parecerá risible, ya que nosotros conocemos los resultados de un experimento que los Kung San prefieren no arriesgarse a efectuar: en nuestra sociedad, no se enseña a los niños a sentarse, ponerse de pie y caminar, y aun así todos acaban, por hacerlo sin ayuda. Sin embargo, otras sociedades también podrían contemplar nuestras prácticas con la misma condescendencia. En muchas comunidades, los padres no se dedican a impartir el idioma «maternés» a sus hijos; es más, ni siquiera dirigen la palabra a los niños hasta que éstos ya saben hablar, salvo algunas peticiones y regañinas ocasionales. Y no es del todo descabellado. En el fondo, es evidente que los bebés no entienden una sola palabra de lo que se les dice, así que  ¿para qué gastar energías en monólogos? Cualquier persona sensata esperaría hasta el momento en que el niño ya haya desarrollado el lenguaje y pueda entablar conversaciones mutuamente gratificantes.

      Casi todo el mérito de aprender a hablar les corresponde a los propios niños. Incluso se puede demostrar que los niños saben cosas acerca del lenguaje que nadie ha podido enseñarles. Uno de los típicos ejemplos de Chomsky sobre la lógica del lenguaje hace referencia al proceso de mover palabras de un sitio a otro de la frase para construir preguntas. Pensemos cómo podría convertirse la oración declarativa El unicornio está en el jardín en la correspondiente interrogativa ¿Está el unicornio en el jardín? El truco está en inspeccionar la frase declarativa, tomar el verbo (auxiliar) está y llevarlo hasta el comienzo de la frase:

Ej: el unicornio está en el jardín. -»¿está el unicornio en el jardín?

 Tomemos ahora la’oración El unicornio que está comiendo flores está en el jardín. Ahora tenemos dos está. ¿Cuál de ellos debemos mover? Es obvio que no puede ser el primero que localicemos, ya que en tal caso, obtendríamos una frase bastante anómala:

el unicornio que está comiendo flores está en el jardín —» ¿está el unicornio que comiendo flores está en el jardín?

      ¿Pero por qué no podemos mover ese está? ¿En qué ha fallado este sencillo procedimiento? Según Chomsky  la respuesta reside en el diseño básico del lenguaje. Aunque las oraciones son cadenas de palabras, algoritmos mentales que utilizamos en la gramática, no actúan sobre las palabras según la posición lineal que ocupan en la frase, es decir, en térmicos de «primera palabra», «segunda palabra», y así sucesivamente. Estos algoritmos agrupan las palabras en sintagmas y los sintagmas en otros sintagmas aún mayores, asignando a cada uno de ellos una etiqueta mental, como por ejemplo «sintagma nominal de sujeto» o «sintagma verbal». La auténtica regla que se ocupa de formar interrogativas no busca la primera aparición del verbo estar a medida que recorre la cadena de palabras de izquierda a derecha, sino que busca el auxiliar que sigue al sintagma etiquetado como «sujeto». Este sintagma, que contiene la cadena de palabras el unicornio que está comiendo flores, se toma como una sola unidad. El primer está se halla profundamente oculto dentro de el, siendo invisible para la regla de formación de interrogativas. Así pues, es el segundo está, el que sigue inmediatamente al sintagma nominal de sujeto, el que es objeto de movimiento: 

[el unicornio que está comiendo flores] está en el jardín -»¿está [el unicornio que está comiendo flores] en el jardín?

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