Cuento “La pelota” de Felisberto Hernández

¡Hola querides estudiantes! Este es el texto que vamos a leer para las clases del martes 20 y jueves 22 de marzo. 

  Como venimos escribiendo textos que nacen de observar objetos que nos rodean en el aula y de escuchar lo que tienen para contarnos, les dejo este relato del escritor uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Felisberto es un genio en esto de hacer que los objetos nos hablen y se transformen.

LA PELOTA

        Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén.  Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita -pronto para correr- yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra. Y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.

      Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración y después yo me fui quedando dormido.

(El Plata, año XXXI, nº 10.935, Montevideo,1945)

Después de leer:

Luego de la lectura, realizá las siguientes consignas:

A) Colocá Verdadero (V) o Falso (F) al final de cada enunciado, según corresponda.

-Esta historia relata una anécdota de la niñez del protagonista.
-Los personajes son la abuela, su nieto y el almacenero.
-Los hechos suceden durante una tarde, en la casa de la abuela y en el almacén.
-El protagonista, durante unas vacaciones de invierno, le pide a su abuela una pelota de
trapo.
-La abuela cumple el deseo de su nieto.
-La pelota de trapo, en un momento de la historia, se convierte en un objeto “animado”.
– La abuela manda a su nieto a comprar dulce para festejar que están contentos.
-La mirada del niño sobre la pelota se ve modificada por los sentimientos.

B) Identificá la situación inicial del relato y determiná qué altera esa situación. ¿Y en el relato que escribiste vos podes encontrar lo mismo?

C) Observá las palabras destacadas en negrita. ¿Qué información le brindan al lector
respecto a las acciones y hechos narrados en la historia? ¿Cómo se llama este
recurso narrativo? ¿Por qué creés que el narrador los repite tanto?

D) Releé el cuento y, luego ordená las acciones, según fueron dándose los hechos. Para
hacerlo, podés numerarlas.
 La abuela no pudo satisfacer el pedido, pero le confeccionó un regalo: una pelota
de trapo.
 La pelota de trapo se encaprichó como él.
 El nieto se disgustó, intentó jugar con ella pero terminó rechazándola.
 La abuela se puso muy triste
 El niño se durmió sobre la barriga de su abuela que era “como una gran pelota
caliente que subía y bajaba con la respiración
 Comieron el dulce
 Jugó otra vez con ella pero luego se aburrió
 La abuela lo mandó a comprar dulce de membrillo
 Le dijo a su abuela que se moriría de tristeza si no le compraba la tan deseada
pelota
 La abuela se rió y le acercó una silla para que se sentara
 El niño volvió a desear la pelota de trapo

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