Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara

Fragmento de Las aventuras de la China Iron
de Gabriela Cabezón Cámara.

Publicado por editorial Literatura Random House, 2017.

Primera Parte
EL DESIERTO

Lo vi al perro y desde entonces no hice más que
buscar ese brillo para mí. Para empezar, me quedé con
el cachorro. Le puse Estreya y así se sigue llamando y
eso que yo misma cambié de nombre. Me llamo China,
Josephine Star Iron y Tararira ahora. De entonces
conservo sólo, y traducido, el Fierro, que ni siquiera era
mío, y el Star, que elegí cuando elegí a Estreya. Llamar,
no me llamaba: nací huérfana, ¿es eso posible?, como
si me hubieran dado a luz los pastitos de flores violetas
que suavizaban la ferocidad de esa pampa, pensaba yo
cuando escuchaba el “como si te hubieran parido los
yuyos” que decía la que me crió, una negra enviudadamás luego por el filo del cuchillo de la bestia de Fierro,
mi marido, que quizás no veía de borracho y lo mató
por negro nomás, porque podía, o quizás, y me gusta
pensar esto aun de ese que era él, lo mató para enviudarla
a la Negra que me maltrató media infancia como
si yo hubiera sido su negra.
Fui su negra: la negra de una Negra media infancia
y después, que fue muy pronto, fui entregada al gaucho
cantor en sagrado matrimonio. Yo creo que el Negro
me perdió en un truco con caña en la tapera que llamaban
pulpería, y el cantor me quería ya, y de tan niña
que me vio, quiso contar con el permiso divino, un
sacramento para tirarse encima mío con la bendición de
Dios. Me pesó Fierro, antes de cumplir 14 ya le había
dado dos hijos. Cuando se lo llevaron, y se llevaron
a casi todos los hombres de ese pobre caserío que no
tenía ni iglesia, me quedé tan sola como habré estado
de recién parida, sola de una soledad animal porque
sólo entre las fieras pueden salvar ciertas distancias en la
pampa: una bebé rubia no caía así nomás en manos de
una negra.
Cuando se llevaron a la bestia de Fierro como a todos
los otros, se llevaron también al gringo de “Inca la
perra”, como cantó después el gracioso, y se quedó en
el pueblo aquella colorada, Elizabeth, sabría su nombre
luego y para siempre, en el intento de recuperar a su
marido. No le pasaba lo que a mí. Jamás pensé en ir
tras Fierro y mucho menos arriando a sus dos hijos.
Me sentí libre, sentí cómo cedía lo que me ataba y le
dejé las criaturas al matrimonio de peones viejos que
había quedado en la estancia. Les mentí, les dije que
iba a rescatarlo. El padre volvería o no, no me importaba entonces: tenía catorce años más o menos y había
tenido la delicadeza de dejarlos con viejos buenos que
los llamaban por sus nombres, mucho más de lo que
yo nunca había tenido.
La falta de ideas me tenía atada, la ignorancia. No
sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo
estuve y se me respetó casi como a una viuda, como
si hubiera muerto en una gesta heroica Fierro, hasta el
capataz me dio su pésame esos días, los últimos de mi
vida como china, los que pasé fingiendo un dolor que
era tanta felicidad que corría leguas desde el caserío
hasta llegar a una orilla del río marrón, me desnudaba y
gritaba de alegría chapoteando en el barro con Estreya.
Debería haberlo sospechado, pero fue mucho después
que supe que la lista de gauchos que se llevó la leva la
había hecho el capataz y se la había mandado al estanciero,
que se la había mandado al juez. El cobarde de
Fierro mi marido, charlatán como pocos, de eso nunca
cantó nada.

 

Anuncios

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s